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A continuacion, se publica el primer capitulo de esta primer novela, escrita por Yuki Meira Uesagi Eiri, desde donde surge la Saga de Elder. Esperamos sea de su agrado.


'CAPITULO 1 '

'ORIGENES MILENARIOS '

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Durante tiempos inmemoriales, desde la creación misma del universo, entidades poderosas y extraordinarias han surcado las infinitas mareas del cosmos, viajando de dimensión en dimensión, cruzando los límites del tiempo y del espacio; habitantes perpetuos del cosmos, creadores de planetas y estrellas, dadores de vida y muerte. Fuerzas aliadas, y fuerzas contrarias; dos lados de una misma verdad habitando en un mismo entorno. Ninguna de ellas puede existir sin la presencia de su contraparte, de la misma manera en la que no pueden convivir juntas en armonía; pues están destinadas a coexistir por siempre en eterna rivalidad, buscando ser superiores.

Las encarnaciones físicas de estas poderosas entidades, han variado según el tiempo y la dimensión donde se encuentren, utilizando una infinita cantidad de diferentes seres para sus objetivos principales. Nuestra historia ocurrió en una de esas dimensiones, entre dos mundos paralelos, dos razas enemigas entre sí, y la guerra milenaria desatada entre ellas.

Gharad, un mundo regido por la eterna oscuridad, el fuego y el caos; donde el tiempo es eterno, la luz una maldición y la maldad el monarca absoluto. Hogar de almas perversas, con corazones viciados e intenciones malignas; en este temido lugar se crearon con suma perfección a los vampiros, criaturas sublimes y poderosas; nacidas de la oscuridad misma y tan infinita, profunda, misteriosa y eterna como esta. Fuertes, oponibles, astutos, temibles e inmortales. Los vampiros regían Gharad con mano de acero, gobernando y dirigiendo tiránicamente a seres más inferiores a ellos, propagando las tinieblas a través de su vasto dominio.

Y en Gea, un mundo muy diferente al anterior, donde la naturaleza y la luz convergen para dar vida; fueron creados los humanos, nacidos de la tierra, del agua y de la hierba. Seres hechos con rasgos parecidos a los vampiros, pero de diferentes limitantes y habilidades; con corazones nobles y justos, pero frágiles e ingenuos a la vez. La Naturaleza les había enseñado a usar la energía del mundo viviente para su beneficio y el bien común; las artes y las ciencias se les habían sido obsequiados, y el poder sobre el entorno era el máximo regalo a ellos otorgado.

Aun no se conoce quiénes nacieron primero, si los humanos o los vampiros; se ignora bajo qué condiciones, en que entorno y con qué motivos fueron hechos. Así pues, ambos fueron nacidos para habitar y pelear en bajo la misma dimensión; sus mundos separados entre si por la delgada línea del nexus, el espacio entre realidades. Gran cantidad de guerras se han desatado desde entonces, entre estas dos razas rivales.

Muchas, cientos, miles de generaciones de vampiros y humanos se habían enfrentado entre sí, pasando el mando de la lucha de hermanos a hermanos, de padres a hijos, de los viejos a los jóvenes; sin que nadie jamás pudiera ver siquiera el horizonte lejano que anunciase el final de tan destructiva y extensa guerra, de la cual solo se conseguía un amargo y desalentador “continuará”. Victorias, derrotas, retiradas, ataques, planes de guerra, armamentos, cualquier cosa que pudiera otorgar un tan ansiado desenlace y un resultado a este enfrentamiento milenario, resultaba incipiente muchas veces; y aunque hubieran perdidas en ambos bandos, siempre lograban reponerse y continuar con la ofensiva, sumiendo a la dimensión entera en un tormento de pesadez y amargura mórbida, y en una inútil devastación de ambos mundos.

En un hecho sin precedentes, hacia el año 3000, se convocó un cese de hostilidades entre ambos mundos y, por primera y única vez en la historia, una tregua entre vampiros y humanos fue establecida. Los líderes de ambos mundos: Ismaoth Reinald Vasiliev, Rey de los Vampiros, Señor de la Oscuridad y Nathan Nicolás Leir, Líder y Sumo Representante de la Humanidad; se reunieron en el salón principal de la antigua Mansión Familiar de los Aester, y allí mismo se firmó el tratado. Toda la humanidad fue testigo del inaudito evento, y el mundo entero se regocijo al ser por fin proclamada la paz.

Sin embargo, la alegría que ahora se desbordaba en los corazones de los hombres, no tenía cabida en el mundo oscuro de Gharad. Los vampiros no podían entender las razones de su soberano al deshonrar a toda su especie aceptando cualquier trato con los humanos; en secreto se pronunciaban contra su rey, y en su interior se juraban que tal paz no iba de ser duradera. Cuanta verdad había en sus palabras…

En efecto, tras la esperada muerte del monarca, su primogénito subió al trono como nuevo Rey de los Vampiros, teniendo a su control la fuerza militar mas destructiva, sangrienta y poderosa de la dimensión. Y la tregua sagrada, la paz que había sido firmada apenas 10 años atrás, la ilusión y tranquilidad que debían durar al menos por 3 milenios, se consumió inmediatamente en el olvido.

Los cielos de Gea volvieron a oscurecerse con nubes ensangrentadas hechas de magia negra. El sol apagó su rostro tras la marea de furia que sus enemigos habían desplegado sobre él. Por toda la tierra aparecieron portales interdimensionales, de los cuales salían millares de enemigo, consumiendo con fuego, muerte y odio todo cuanto había a su paso.

Los humanos no dudaron en responder el combate cuento antes, y en cuestión de un parpadeo, las batallas volvieron a presentarse en su antigua y destructiva proporción. Ambos mundos, Gharad y Gea, se volvieron nuevamente un inmenso campo de batalla; en donde la desolación solía darse festín, luego de las incontables refriegas. Finalmente, igual que en todo evento, llegó el punto cumbre; un suceso que habría de cambiarlo todo radicalmente: una batalla tan extraordinaria, tan importante y de tal magnitud, que fue capaz de marcar la pauta para que la guerra se interrumpiera por más de cinco mil años.

Tres diferentes razas conformaban toda la población de Gea, y eran los encargados de protegerla; elfos, hechiceros, y guerreros, eran las razas hermanas. Los elfos, una rara variante de los humanos, siendo personas con una estrecha relación con la naturaleza. Sus cuerpos eran perfectos en cada aspecto posible; nunca se enfermaban, rara vez se cansaban del trabajo o el combate, y sus vidas eran de las más longevas entre las criaturas de la tierra.

Tenían un talento innato para el aprendizaje, en cuestión de pocos días aprendían las diversas artes y disciplinas, sin haberlas practicado nunca antes. Su destreza mental era inigualable, no existía problema alguno que no pudiera resolver. De la misma manera, su habilidad en el combate era magistral, dotados con una gracia natural en el dominio de la espada y el arco. Además de todo, los elfos son criaturas mágicas, capaces de curarse fácilmente y sanar a los demás.

Reconocer a un elfo era bastante difícil, pues no diferían mucho al resto de los humanos, al menos en lo físico. El único rasgo característico de todos ellos era bastante peculiar. Cuando la luz de la alborada, del ocaso, o la luz de la luna les caía sobre la cara, sus ojos se tornaban de un amarillo miel intenso, de brillo casi dorado.

Los hechiceros eran humanos sumamente poderosos, dotados por la Naturaleza de capacidades casi ilimitadas. Comprendían el lenguaje de la energía natural, y por lo tanto podían pedirle su ayuda en cualquier momento; esto era lo que se conocía como un hechizo, de los cuales tenían un sinfín a su entera disposición. Eran capaces de controlar los elementos naturales, y muchos optaban por dedicarse enteramente a su domino. Buscaban sobre todo las respuestas a los enigmas y misterios. Muchos de ellos viajaban constantemente a través de la tierra, dedicando su extensa vida al estudio de la naturaleza, dirigiendo su vista al suelo, al entorno, al cielo, y a las cosas más allá de este.

Los guerreros eran la especie más numerosa en la tierra, valerosos hombres y mujeres que estaban especializados en el combate físico y en el manejo de armas; ya que al carecer de habilidades mágicas (o poseerlas en un menor grado), se habían enfocado en el máximo desarrollo de sus capacidades físicas, alcanzando niveles por encima del rendimiento humano común. Muchos de ellos dominaban el manejo de cualquier arma, por más simple o compleja que fuera.

Estas tres razas de fieros humanos, hombres y mujeres por igual, habían estado combatiendo incansablemente a sus enemigos desde el inicio, formado así una alianza entre ellos, una unión de hermanos, lo suficientemente poderosa para contrarrestar a sus enemigos.

Y por otra parte, en el oscuro reino de Gharad, las cosas eran un poco diferentes, dado que cientos de criaturas habitaban su peligrosa extensión. Las huestes del ejército del Caos, estaban conformadas primeramente por cientos de demonios y espíritus malignos, criaturas creadas y constituidas de oscuridad pura, quienes sembraban terror en los corazones de sus víctimas, antes de apoderarse de su alma. Los demonios eran temidos por la costumbre que tenían de empalar o destazar a sus presas, mientras aún estaban con vida; y lo que los volvía oponentes peligrosos, era su invulnerabilidad a las armas comunes. Los espectros, también eran prácticamente imbatibles, pues era totalmente necesario el uso de magia avanzada para poder destruirlos.

También contaban con la increíble fuerza de ataque de los licántropos, bestias enormes y aterradoras, reconocidas por la brutalidad con la que atacaban a sus víctimas, misma que empleaban para devorarlas completamente. Estas bestias, engendros creados por la misma esencia del odio, la fuerza y el poder, tenían una fuerza y velocidad insuperables; y su resistencia en las peleas era solamente superado por su instinto sanguinario de alimentarse con la carne de sus víctimas. Insensibles al acero y a la magia, los licántropos eran enemigos muy difíciles de derrotar.

Los vampiros eran, en su mayoría hábiles practicantes de la nigromancia y la necromancia. Dotados de fuerza sobrehumana, una extraordinaria habilidad para sanar, sentidos muy desarrollados y un insaciable apetito por la sangre. Vivian por la eternidad, vagando por el mundo en busca de presas, odiando y maldiciendo la luz del sol.

Según se cuenta, en ese día el cielo se había ennegrecido, el cielo perecía agonizante tras las nubes de magia oscura creada por el poder absoluto del Señor de la Oscuridad. De esta manera, removía la amenaza que la fuerza del sol causaba a la energía de sus tropas. A pesar de no destruir a los vampiros, el astro solar si los debilitaba en gran manera. Sobre la tierra, una plaga negra, un terrible ejército, cual tamaño y poder nunca se ha visto antes en la historia; hollaba todo cuanto encontraba a su paso, dirigiéndose hacia la ciudad principal de Adveser con la única intención de aniquilar a la raza humana. Aun estando bastante lejos de la ciudad, en medio de la región de Asteron, las fuerzas de la Alianza se preparaban para recibir y detener a sus enemigos; contando con la ventaja de conocer el campo. Asteron era una amplia y desértica planicie de árido y rocoso suelo rodeado de erosionadas colinas y abruptos peñascos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Capas de polvo y tierra eran alzadas y trasladadas a libre merced de las secas y asfixiantes corrientes de aire cálido que llenaban el ambiente. Para llegar a la ciudad, las huestes del Caos debían, por fuerza, atravesar este desolado lugar y subir cuesta arriba, hacia las montañas que rodeaban a Adveser. La Alianza esperaba obtener la ventaja del terreno alto, aguardando a mitad de la ladera. Incluso con la velocidad y fuerza de los licántropos, la posición le concedía a las defensas de la Alianza una buena oportunidad de detener la brutal embestida.

Al cabo de un tiempo, sobre el lejano horizonte se perfiló una larga línea de figuras negras, avanzando rápidamente, mientras que detrás de sí, se esparcía la destrucción de todo cuanto había a su paso. La enorme masa de criaturas continuó avanzando bajo el oscuro cielo, hasta tomar su lugar en el campo, a cientos de metros de sus enemigos, a quienes abucheaban y amenazaban en lenguas horribles e ininteligibles. La Alianza ya había dispuesto sus fuerzas a manera primeramente defensiva, colocando arqueros elfos y guerreros al frente de las filas, situando a la infantería detrás de ellos. Dado que los hechiceros poseían un mayor dominio de la energía y el poder, se había resuelto que ningún guerrero o elfo se enfrentara directamente a los vampiros, a menos que no tuviera opción.

Por otro lado, la armada del Caos contaba como su infantería y principal fuerza de ataque al poderío de los licántropos, cuya única misión era romper las filas de defensa de sus adversarios y volverse para atacar. Los demonios constituían la línea defensiva, dado que por su constitución inmaterial serian prácticamente infranqueables por los guerreros. Y en las últimas filas, los vampiros aguardarían el momento de atacar, desde el aire y por tierra, llevando la destrucción hasta las últimas filas de sus enemigos.

Al llegar al llano de la batalla, los vampiros desplegaron una avanzada de fuertes y enormes licántropos frente a ellos, con la orden de esperar para el ataque; mientras que el resto del ejército siguió avanzando hasta situarse en los límites del terreno alto. Aquí fue donde permanecieron aguardando la orden, mientras que eran vigilados desde lejos por la Alianza. Minutos pasaron, sin que ninguna exclamación o juramento fuera dicho, sin que ningún grito de guerra se pronunciara, solo la expectación, lenta espera que conduce a la impaciencia. El aire era sumamente seco, y cargado de polvo y partículas de tierra, lo que laceraba los pulmones de quien lo respiraba. Y, a pesar de que el sol y su luz habían sido eclipsados, en esa región árida y desértica, el calor era agobiante.

Cuando ya los ánimos estaban ya excitados, por detrás de las fuerzas de la Alianza, se escuchó el galopar de un caballo, mientras que a lo lejos una nube de polvo se acercaba rápidamente. Los hermanos de la Alianza se levantaron en exclamaciones de júbilo y emoción, mientras abrían un camino en medio del ejército, dejando pasar a un fugaz jinete entre ellos. El cabalgante siguió velozmente el camino hasta llegar al frente de las filas, y se detuvo frente al campo de batalla. Sus ropas eran completamente color plata brillante. Su cabello era una combinación del color azul eléctrico y el blanco perlado; y su cara era hermosa y amable, aunque también severa y decidida; al igual que sus penetrantes ojos de cautivador color morado. De complexión esbelta y fuerte, apenas rebasaba el metro ochenta de altura, intimidando a sus rivales con un aire de autoridad imponente. En la mano con la que sujetaba las riendas de su montura, llevaba un elaborado cetro de oro; y en la otra, una espada larga con una resplandeciente hoja hecha de diamante afilado, que refulgía con energía propia.

Así llegó a la batalla Nathanael Evan Leir, hijo de Nathan; el hechicero más poderoso del cual se tiene conocimiento, y líder de las fuerzas de la Alianza. Lentamente desmontó de su brioso caballo, miró a los suyos y le dirigió una sonrisa de confianza y tranquilidad a su ejército, para volverse serio hacia el enemigo. Los examinó lentamente, entrecerrando los ojos a causa del polvo, como quien analiza un trabajo antes de realizarlo y mide su magnitud. Recorrió toda la extensión del ejército rival con la mirada varias veces, buscando algo o a alguien, mientras murmuraba por lo bajo.

Al no encontrar su objetivo entre la multitud de enemigos que lo miraban con desprecio, volvió a montar en su caballo y descendió por la ladera hasta casi llegar al valle, donde se detuvo. Sin apearse a tierra, inhaló profundamente, aunque aquel reseco aire le lastimara los pulmones y la garganta, para exclamar con voz potente y autoritaria, misma que se escuchó en todas partes de la región:

— ¡Samael! ¡Sal ahora y da la cara!

Durante un momento, hubo un largo y profundo silencio, alterado solo por el sonido del aire, que se deslizaba pesadamente por todas partes, arrastrando la tensión del ambiente, mientras que todos aguardaban por una respuesta. Como era de esperar, esta no apareció; por lo tanto Nathanael volvió a exclamar:

— ¡Samael, te estoy llamando! ¡Muéstrate ahora, si no eres cobarde!

Aún se escuchaba en la distancia el eco de la voz de Nathanael, cuando repentinamente un potente y ensordecedor trueno sacudió la tierra entera, ocasionando que todos los presentes se estremecieran y tambalearan. Entonces, un relámpago de luz morada rasgó las nubes oscuras y un rayo golpeó el suelo violentamente, frente a las fuerzas del Caos. Tal estruendo y temblor nunca se había sentido en Gea, y el temor pronto se hizo presente en los corazones de los hermanos de la Alianza.

Todos los guerreros del Caos lanzaron exclamaciones de júbilo y múltiples ovaciones y gritos de triunfo, mientras que el polvo levantado por la explosión comenzaba a disiparse, dejando ver entre sí una encorvada silueta. Un individuo alto, esbelto y pálido, de penetrantes ojos oscuros y largo cabello negro profundo se había materializado allí mismo; iba ataviado con oscuras vestimentas y envuelto por una larga capa de oscuridad y sangre. Samael: Rey de la Oscuridad, el más sanguinario y poderoso monarca del reino de Gharad.

Tenía la cabeza agachada, mirando al suelo, de tal manera que el cabello le tapaba parte de la cara; detrás de esta cortina de cabello, aunque no era visible, sonreía de manera complacida. Lentamente levantó la cabeza, echándose el largo cabello negro hacía atrás con una mano, y mostrando su sonrisa de dientes afilados.

— ¿Qué es lo que quieres, Nathanael? —preguntó, contemplando a su rival con un profundo desdén. Samael ciertamente era la perfección de su raza encarnada. Tenía la malicia y poder de sus ancestros, y la belleza innata de alguien de la realeza; su cuerpo era simétricamente marcado, y su rostro irradiaba frescura y perfección, siendo así una de las criaturas más imponentes que hubieran existido.

— ¡Desiste de tú sed de sangre y muerte, pues solo te provocaran tu propia destrucción! —contestó Nathanael, fijando sus profundos ojos en el vampiro.

— ¿Has venido hasta aquí con tanta algarabía solo para decirme eso? ¡Qué pérdida de tiempo! —una sonora carcajada estalló por parte de los suyos.

— ¡Te lo repetiré por última vez! ¡Retirare de inmediato y no vuelvas a regresar a nuestro mundo nunca más!

— ¿Y si acaso me niego? —preguntó Samael, mostrando más interés en sus largas y afiladas uñas que en las advertencias y amenazas de su adversario.

— ¡En ese caso será mejor que te prepares para ser derrotado! —contestó Nathanael, severamente, sin inmutarse por la actitud arrogante de su enemigo.

Aunque estaban alejados por cientos de metros, sus voces eran tan potentes que resonaban en todas partes, y todos podían escuchar perfectamente lo que ambos decían.

— Por favor, Nathanael ¿en realidad crees que puedes derrotarme? ¿Crees en verdad que exista alguien capaz de vencerme? —dijo Samael, cruzando sus pálidos brazos, de manera sutil y elegante—. ¡La muerte misma me guarda reverencia arrodillada a mis pies, mientras todos ustedes se vuelven polvo bajo mi sombra!

— ¡Nunca más caerá la humanidad bajo la oscuridad de un enemigo, Samael! —respondió Nathanael, levantando su espada en dirección a Samael—. ¡Yo te hare pagar por todas y cada una de las muertes que has causado a mi pueblo!

— ¡Me temo que no vivirás para lograr tu cometido! —exclamó Samael, alzando un brazo contra él; un poderoso cúmulo de energía oscura comenzó a aparecer de su mano—. ¡Yo te condeno a morir ahora!

La descarga de energía aumentó increíblemente y Samael la arrojó contra su enemigo. El ataque recorrió la gran distancia entre ambos personajes rápidamente, zumbando violentamente, acercándose cada vez más. Nathanael seguía sin inmutarse; serenamente levantó el cetro dorado y creó una sólida barrera de luz, interponiéndola frente al ataque. La descarga dio de lleno contra la pared y la deshizo, neutralizando ambos conjuros. Al final, Nathanael estaba intacto.

— ¿Lo ves ahora, Samael? —preguntó Nathanael en tono autoritario, bajando el cetro—. ¡Tú poder nunca me derrotará!

— ¡Aun no termino de probarte, amigo mío! —le respondió Samael, mientras conjuraba un nuevo ataque. Desde el lejano cielo negro, un nuevo clamor resonó por toda la región, y un fortísimo rayo cayó directamente sobre el Jinete Plateado y su cabalgadura. Un rumor de miedo sacudió las primeras filas de la Alianza, mientras eran cegados por la luz del relámpago. El daño que el hechizo enemigo le había ocasionado al poderoso Nathanael era considerable, mas este no se amedrentó. Usando su cetro, convirtió la descarga eléctrica en una especie de lanza; la cual lanzó directamente contra su adversario.

Samael cubrió su cuerpo con la capa de oscuridad, y esta absorbió rápidamente todo el conjuro. Antes de que el vampiro pudiera contraatacar, Nathanael lanzó tres descargas consecutivas, logrando que la tercera diera de lleno en el pecho del Monarca.

— ¡No está mal, Nathanael! ¡No está mal! —comentó Samael, riendo mientras aplaudía lentamente. Sin duda le complacía que su enemigo fuera tan poderoso y digno de su atención—. ¡Pero no hemos venido hasta aquí para presenciar un duelo! ¡Espero que tu ejército esté preparado para encarar el fin! ¡Esto termina aquí, para ti y toda la humanidad!

— ¡Aquí aguardamos!

Samael dio la orden de carga, y desapareció en otro relámpago; mientras su ejército se precipitaba contra Nathanael y los suyos, subiendo rápidamente por la ladera. Nathanael cabalgó de vuelta hasta llegar a sus tropas.

— ¡Prepárense, amigos míos! ¡Es tiempo de demostrar de lo que la Alianza es capaz! —dijo serenamente, mientras bajaba de su caballo de un brinco; el corcel relinchó y se alejó rápidamente, mientras el hechicero envainaba su espada y alzaba su cetro—. ¡Hasta el fin! —y entonces desapareció en un destello de luz; dejando a la Alianza a cargo de la batalla.

En cuestión de minutos, los licántropos recorrieron la mitad del campo y se pusieron a distancia de golpe del ejército de la Alianza. Los arqueros intentaron parar el ataque, lanzando una pared de flechas contra sus agresores. Muchos de los lobos en las primeras filas tropezaron, mas pocos cayeron muertos; mientras el resto de las salvajes bestias embestían con furia contra los escudos de los guerreros. Con una energía imparable se abalanzaron sobre las puntas agudas de las lanzas guerreras, las cuales se quebraron y estallaron, en medio de una lluvia de astillas y sangre. Espadas, flechas, garras, colmillos y sangre se mezclaban en una encarnizada y salvaje batalla sin cuartel entre humanos y licántropos. Detrás de ambas filas, hechiceros y vampiros contemplaban la sádica y sanguinaria refriega, aguardando en sus posiciones. Los demonios pronto hicieron su aparición en la contienda, obligando a los alquimistas y brujos a intervenir en el pronto auxilio de sus hermanos; mientras los vampiros eran los últimos en entrar a la batalla. La magia y el acero; la energía oscura y las garras; todo se mezclaba y entrechocaba en una caótica y destructiva guerra. Y entre todos, Nathanael peleaba valientemente, con una fiereza que intimidaba aun a los vampiros más fuertes. Al ver que los guerreros y elfos retrocedían ante la oscuridad de los demonios, levantó en alto su cetro dorado, y una reluciente, clara y potente luz fue proyectada sobre las tinieblas, destruyendo a todos los demonios en el acto. La Alianza estaba a salvo… por ahora. Una vez emparejadas las cosas, Nathanael fue tras su principal enemigo.

Empleando su vasto poder, Samael se había transportado a un abrupto y enorme peñasco, desde donde se podía apreciar el combate. Contemplaba con gran satisfacción la desolación y la muerte que producía tal enfrentamiento, sin importarle en lo más mínimo si su ejército iba ganando o perdiendo; pues conocía que, al final, sería él quien saldría victorioso.

Fue en ese momento cuando Nathanael apareció sobre el peñasco, justo detrás de Samael; se había trasportado desde el lugar de la batalla, en busca de su rival. Tenía su espada envainada y solamente cargaba con su cetro. Ninguno de los dos dijo nada, Samael seguía contemplando la batalla y Nathanael contemplaba a su enemigo.

— ¿Conque has decidido venir? —preguntó Samael, al cabo de unos segundos—. Bien, ciertamente te estaba esperando. —seguía cruzado de brazos y hablaba sin ver a su enemigo, mientras el viento hacía ondear su larga capa negra y su cabello hacía un lado.

— Deberías estar luchando allá, y no acobardarte aquí —contestó Nathanael, apuntando con cautela a Samael con su cetro—. ¿Por qué no peleas también tú, si te dices tan poderoso?

— ¡Ah, luchar! ¿Es que solo peleando se puede lograr alcanzar las metas?— preguntó Samael, en un tono dramático, apartando suavemente el revuelto cabello que le caía sobre el rostro—. ¡Debería haber otra forma para resolver nuestros conflictos personales! ¿No lo crees?

— Es raro que digas eso, Samael, siendo tú y tu raza quienes han venido aquí a pelear, a pesar de la tregua que tu padre impuso a los tuyos —replicó Nathanael, sin dejar de apuntar a Samael.

— Mi padre fue un gran monarca —asintió Samael, expresando en su mirada algo parecido a la nostalgia—, pero me temo que perdió de vista la verdadera naturaleza de nuestra especie —nuevamente el vampiro alzó la vista hacia su adversario, y sus ojos volvieron a resplandecer—. Por tal motivo no pude permitir que ese ridículo acuerdo siguiera vigente.

— ¡Entonces eres un pésimo rey al no aprender de la sabiduría de tus antepasados! —le espetó Nathanael, mirándolo con desprecio—. ¡Tu padre fue el único de toda su especie en entender lo verdaderamente importante de la guerra! ¡Si no eres capaz de verlo de la misma manera, tu raza y la mía no pueden tener paz!

— Cuanta razón y elocuencia tienes, Nathanael —dijo Samael, sonriendo despectivamente—. Ahora entiendes por qué la guerra siempre es inminente. ¿Aceptaras entonces escuchar mi propuesta?

— No tengo nada que escuchar de ti, asesino y usurpador. Lo único que tengo que decir, ya lo he dicho antes: ¡Retírate de una vez y jamás vuelvas a nuestro mundo!

— Este no es su mundo, Nathanael— comentó el vampiro, girándose lentamente frente a su adversario, sus misteriosos ojos rojo brillante se encontraron con el morado profundo de los ojos de Nathanael—. Su vida en este mundo es pasajera, momentánea, efímera; nacen, crecen, viven, se esparcen como la peste y después mueren. La naturaleza y el mundo los aceptan mientras puedan contenerlos y les sean de utilidad; pero invariable e irrevocablemente su raza está destinada a la extinción, es su destino, y el destino es… inevitable. ¿Por qué otra razón su creador les privó de la inmortalidad?

— ¡Basta Samael! ¡Guarda tu lengua y tus palabras ponzoñosas! ¡No vine a escucharte! ¡Es hora de que tú y tu raza se rindan!

El vampiro sonrió complacido. Cruzó los brazos y lentamente comenzó a acercarse a una poco a poco a Nathanael; dando vueltas a su alrededor, mientras usaba una voz mas suave y confiada.

— Desde luego, Nathanael, que podemos buscar una solución más… apropiada a nuestros intereses. ¿Realmente deseas detener esta guerra? ¡Detendré ahora mismo todo esto, si así lo quieres! ¡Solamente quiero un pequeño favor a cambio! ¡Créeme, no se compara en nada con todas las vidas que salvaras! ¡Únete a mí, Nathanael! ¡Únete a mí y todo terminara!

— ¡¿De qué diablos estás hablando?! ¡Nunca me aliaré con alguien como tú! —exclamó Nathanael, alejándose un poco de él. Unos pequeños destellos de magia surgieron del cetro, en señal de advertencia—. ¡Tú solo deseas poder, sin importar como lo obtengas!

— No deseo contradecirte, pero me parece que tú también haces lo mismo —Samael le dirigió una mirada inquisitiva, al tiempo en que se cruzaba de brazos y dejaba que el viento jugara con su cabello—. No puedes negar que tú también buscas poder, tal vez no como yo lo haga, pero tu propósito es el mismo —sus ojos brillaron entre las sombras que envolvían su rostro—. En cierta manera, ustedes y nosotros no somos tan distintos. Ambos vivimos de manera similar, pensamos y actuamos conforme a nuestra naturaleza, Nathanael. Su naturaleza es la de preservar sus inútiles formas de vida y estancarse allí. La nuestra es la de alcanzar la perfección a cualquier costo. No somos malos, en verdad; somos víctimas de una voluntad superior: nuestra propia esencia de ser —Nathanael escuchaba intrigado, sin bajar la guardia. Samael se complació de la atención obtenida, y prosiguió—. Es verdad, nuestra naturaleza es sanguinaria, necesitamos el precioso alimento de la sangre para vivir; de la misma manera en que ustedes necesitan de la carne, del agua, de las semillas, de las frutas y de la miel. La misma luz del sol, que a nosotros nos agobia y debilita, les brinda vida y vitalidad a ustedes. La oscuridad que nos vio nacer es la misma que a ustedes les arrebata el alma al morir. ¡Contémplanos, Nathanael! ¡Tenemos el mismo cuerpo, el mismo poder, la misma autoridad! ¡Tú y yo somos la cúspide de nuestras razas! ¿Es que no lo entiendes? ¡Somos iguales!

— Te equivocas —aseguró Nathanael, mirando fija y seriamente al vampiro—, yo no soy como tú.

— Yo no dije que fueras como yo —replicó este, arqueando las cejas, en aspecto recriminatorio— Solo dije que tenemos el mismo propósito. ¡Vamos Nathanael! ¡Esta es tu oportunidad para terminar con todo esto! —mientras hablaba, se acercó lentamente hacia al borde del peñasco, señalando al centro de la batalla—. ¡Solamente permanece a mi lado, y te juro que detendré inmediatamente esta guerra! ¡Únete a mí, y los dos haremos de nuestra dimensión algo nunca antes visto!

— ¡No confío en ti, Samael! ¡Ni tampoco en tu palabra! —intervino Nathanael, tajantemente—. ¡Y sé que solo acabando contigo existirá realmente algo bueno! ¡Tú ejército será vencido, al igual que tú!

— ¡Mi ejército es solo un escalón más en mi ascenso a la victoria! —exclamó, volviéndose hacía la batalla y mirando el caos que reinaba allí—. ¡Pero tú derrota será lo que me elevará a la cima!

— ¡Estás loco, Samael! —contestó Nathanael, haciendo brillar su cetro en un resplandor dorado—. ¡Yo acabaré personalmente contigo! ¡Y la Alianza se encargará de tu ejército!

— ¿Así que tienes plena confianza en tu preciosa Alianza? ¿Realmente crees que saldrá victoriosa de esta contienda? —preguntó Samael, llevándose una mano a la boca, en un gesto de sarcasmo.

— ¡Eso lo verás cuando tus fuerzas hayan sido derrotadas! —afirmó Nathanael, señalando con el cetro la batalla.

— Perfecto —Samael sonrió malignamente, mientras el viento comenzaba a arreciar intempestivamente—. En ese caso, creo que serán perfectamente capaces de detener… ¡Esto! —y levantó una mano en dirección al cielo. En ese instante un gran rugido sacudió la región, cubriendo el ruido de la batalla, la cual se paralizó por breves momentos, mientras reinaba una incertidumbre mezclada con un profundo temor.

Lentamente las gruesas y oscuras nubes se fueron apartaron, permitiendo el paso de un poco de luz; entonces a lo lejos, se apreció la silueta de algo gigantesco y monstruoso que se acercaba volando, acercándose cada vez más a ellos. Samael siguió sonriendo ante la cara de estupefacción de su adversario, en el momento que tres enormes dragones de duras escamas y brillantes pieles de color llamativo, naranja solar, rojo carmesí y azul oscuro; surgieron de entre las nubes, emitiendo desgarradores rugidos.

Con un batir de gigantescas alas, sobrevolaron el sitio donde Samael y Nathanael conversaban y se dirigieron hacia el campo de batalla, escupiendo lava y fuego sobre las tropas enemigas. Nathanael quedó paralizado al ver el tamaño de semejantes dragones, y vio con horror como la Alianza comenzaba a replegarse, evadiendo las columnas de fuego que caían desde las alturas.

— ¿Qué pasa? —preguntó Samael, burlándose de la expresión del hechicero—. Luces sorprendido, creí que habías dicho que la Alianza podría encargarse de todo.

— ¡Ya basta Samael! —exclamó este, saliendo del trance que le había provocado la impresión—. ¡Acabaré contigo yo mismo! ¡Este es el fin de tu reinado!

Incapaz de aplazar más la conversación, lanzó un potente destello de energía roja; Samael solamente levantó un brazo para protegerse la cara y el destello se impactó de lleno, desapareciendo en cuestión de segundos. Samael apartó con una mano el humo y el polvo que se había formado tras el golpe, y le dirigió una sonrisa de suficiencia a su enemigo.

— Mi querido Nathanael. No me obligues a tener que destruirte. Mi oferta sigue en pie…

— ¡Lo lamento, pero tendrás que buscar a alguien más que caiga en tus trampas! —exclamó Nathanael, listo para volver a atacar.

— ¿Buscar a alguien más? —rió Samael, y en sus brazos volvía a apreciarse la corriente de energía oscura—. ¡Mi único objetivo eres tú! ¡Y dado que no te piensas unir a mí, has probado serme completamente inútil, y por eso tendré que destruirte! —y lanzó su descarga al instante.

Nathanael bloqueó el impacto empleando su cetro, mientras preparaba un rápido contraataque. Con otro destello color rojo lanzado con fuerza y precisión, logró derribar a Samael.

— Deberás hacer algo más, si en verdad quieres destruirme. Los poderes de la oscuridad no te servirán de nada.

— ¿Poderes de la oscuridad? —repitió Samael, al tiempo en que se levantaba ágilmente—. ¡Estúpido, e insignificante mortal ignorante! ¡Yo soy la oscuridad!

Extendió ambos brazos en forma de cruz, cuan largos eran, y del interior de su larga capa, cientos de púas gigantes fueron disparadas contra su enemigo. Nathanael usó hábilmente su cetro para crear un muro de energía y detener el ataque. Los proyectiles se estrellaron contra la reluciente pared cristalizada, y cuando el último golpeó contra el muro, la pared estalló hecha añicos.

— ¡No puedes contra mí, Samael, admítelo!

— ¡Eres bastante hábil! ¡Lo admito! —comentó Samael, sonriendo. Parecía disfrutar ver como su oponente se defendía de sus ataques—. ¡Pero esto apenas comienza! —la descarga de energía que surgió de sus manos, adquirió la forma de dos largos flagelos, mismos que empleó con habilidad para atacar a su enemigo. El hechicero evadió los primeros golpes, y a cada azote que golpeaba el suelo, le seguía una fuerte explosión que cimbraba el peñasco. Echando mano a su espada, cortó los látigos de su enemigo por la mitad, pero para su asombro, estos volvieron a crecer. Pronto las dos fustas se volvieron cuatro y después ocho; mientras más eran cortados de tajo, más se multiplicaban, y pronto llegó el punto en que nuestro valiente hechicero fue incapaz de evadir los azotes. Cada golpe de látigo le rasgaba la ropa y le abría la carne, o le producía graves quemazones en la piel. Herido seriamente, Nathanael cayó con violencia al suelo, temblando a causa de la flagelación recibida, sin que su cuerpo le respondiera.

— ¡Que desperdicio de habilidad! —murmuró Samael, mirando fríamente al herido. Empleando de nuevo sus látigos, sujetó con firmeza al hechicero y lo levantó en el aire para aproximarlo hacía sí. Nathanael parecía estar inconsciente.

— Nathanael… despierta. —murmuró, cuando sus caras quedaron frente a frente. — Vamos, despierta.

Mas el hechicero no despertó. Samael levantó sus manos y movió a su prisionero hacía el borde del peñasco.

— ¡Mira con atención! ¡Mira bien, Nathanael! —exclamó triunfante—. ¡Este es el destino que le depara a tu raza! ¡El destino de un inevitable fin! —y mientras hablaba, una fuerte descarga de energía sacudió a su cautivo, obligándolo a reaccionar.

Nathanael reunió fuerzas suficientes para abrir lentamente sus ojos. Cautivo y sin energías, contempló pasmado la escena más horrible y devastadora que haya visto en toda su vida.

Incontable cantidad de cadáveres estaban mezclados entre sí, apilados unos contra otros; ríos y mares de sangre brillaban con carmesí resplandor de muerte. Elfos, guerreros, hechiceros, licántropos, vampiros; cuerpos inertes cubrían la desolada región, con las enormes sombras de los dragones sobrevolando la zona, como gigantescas aves de rapiña. La Alianza se replegaba con terror ante las incontables e imbatibles hordas de Samael; algunos bravos guerreros, elfos y hechiceros sostenían las primeras líneas, y la gran mayoría había emprendido la huida. Los licántropos corrían detrás de sus aterradas presas, para derribarlos por la espalda y devorar su carne en cuestión de segundos. Los vampiros habían sido más “compasivos”, si es permitido usar esa palabra; pues capturaban a quienes se rendían y huían, esperando disfrutar de un entretenido espectáculo y un delicioso festín posteriores a la batalla. Despojaban de sus armas a elfos y guerreros; y a los hechiceros les cortaban la lengua, o les herían de tal manera que el dolor los incapacitara para usar su magia.

Frente a todo esto, el corazón de Nathanael se abrumó y destrozó, cayendo en una tristeza y un dolor insoportables; a tal grado que las lágrimas brotaron de sus ojos, pues sabía que les había fallado a la Alianza y a la humanidad.

— ¿Acaso estas llorando? —se burló Samael—. ¡El gran Nathanael está llorando! ¿Quién pudiera creerlo? ¡Tal parece que después de todo sigues siendo humano! ¡Qué desperdicio! —y tras mofarse cruelmente de la desgracia de su adversario, agregó—: Tú pudiste haber evitado todo esto; si hubieras aceptado mi propuesta, muchos no hubieran muerto aquí hoy. Pero tu orgullo es demasiado Nathanael, y tu pueblo pagará tu arrogancia.

Cayendo en el juego de Samael, el caído hechicero comenzó a albergar dentro de su corazón sentimientos de culpa y arrepentimiento. Las palabras del vampiro resonaban en su mente, cegando su razón y hundiéndolo aún más en el abismo de la depresión. Finalmente, terminaron por corromperlo. Toda la tristeza y el dolor que torturaban su alma y su corazón, pronto fueron tornándose en odio y oscuridad. Una ira tan tremenda, que solo podía ser canalizada hacía un solo objetivo. Samael rió por lo bajo y liberó a su prisionero.

— Vamos, Nathanael, no es deportivo matar a la presa herida. Al menos haz un último esfuerzo. —el hechicero permaneció arrodillado frente al vampiro, sumido en un profundo trance—. Mi querido muchacho, realmente deseo terminar este asunto cuanto antes, así que si tuvieras la amabilidad… Nathanael, en verdad comienzo a desesperarme… —añadió molesto, al ver que su oponente no salía de su estupor—. Bien, como desees.

Y con gran placer un tanto agrio, Samael lanzó lo que sería su ataque final hacia el caído y dolido hechicero. El enorme proyectil resplandeció y zumbó dando vueltas, acercándose más y más a su objetivo, quien seguía enteramente ensimismado. Samael sonrió llenó de satisfacción, pero pronto su sonrisa se torció en un gesto de incredulidad; pues a escasos metros del impacto, una especie de barrera de energía se alzó entre el joven y el bólido, deteniendo su marcha y suprimiéndolo. De pronto, los vestidos del hechicero fueron cambiando de color, oscureciéndose progresivamente hasta llegar al negro.

— ¿Qué dia…? —Samael retrocedió sorprendido, preparándose para enfrentar este nuevo sortilegio—. ¿Pero qué es lo que estás…?

Casi inmediatamente fue despedido del peñasco debido a un invisible y poderoso ataque mágico, que su enemigo arrojó sin tan siquiera moverse. Poco a poco el hechicero se puso en pie; sus ahora oscuras vestimentas ondeaban a merced de un viento que arreciaba a causa del aleteo feroz de los dragones. Muy lentamente recogió del suelo la espada y el cetro; más este estalló en pedazos al tocar la mano de Nathanael, quien al parecer no se sorprendió con el extraño suceso, y se limitó a empuñar la espada. Samael, mientras tanto, se incorporaba lastimeramente, sangrando de la boca y del pecho. A diferencia del resto de las heridas normales en un vampiro, estas no sanaron.

— ¡Esto sí es nuevo! ¡Si no lo estuviera viendo no lo creería jamás! —exclamó con asombro y emoción—. ¡El gran y poderoso Nathanael, líder de las fuerzas de la “Luz”, cayó bajo el poder de las Sombras! ¡Esto en verdad es sorprendente! —tras limpiarse la sangre que resbalaba por su barbilla, añadió—: ¿Qué se siente, Nathanael? ¿Qué se siente sentir todo ese odio correr por tus venas? ¿Cómo es el que tu corazón se corrompa y se envenene por tanta ira?

Su respuesta fue otro repentino y silencioso ataque. Llevado al límite por la adrenalina y la emoción, el vampiro logró esquivar los subsecuentes golpes de energía, mientras el terreno cimbraba y se despedazaba con cada descarga.

— ¡Eso es Nathanael, entrégate a la oscuridad que reina en tu corazón! —clamaba jubiloso, aunque extenuado; sudaba en gran manera y jadeaba en busca de un poco de aire—. ¡Demuestra que no eres más que yo! ¡Vil escoria hipócrita tras la falsa y robada mascara de tu difunto padre! ¡Si tan solo te pudiera ver ahora! ¡Qué humillación, su propio hijo, un traidor sentimental cegado por su propio orgullo y arrogancia! ¡Incluso estaría agradecido conmigo por haberle matado; para evitarle tal vergüenza!

— ¡¡¡CÁLLATE!!! —gritó Nathanael, reaccionando por primera vez desde su caída, al tiempo en que alzaba su brazo contra Samael.

La tierra entera tembló ante la fortísima magnitud de la descarga que fue lanzada contra el Oscuro. El peñasco crujió y se despedazó casi en su totalidad; Samael había sido arrojado con violencia hacía atrás, incluso antes de que el proyectil lo golpeara de lleno. Toda la región aguardó expectante, e incluso la batalla a sus pies se detuvo, mientras todas las caras se volvían hacia el inmenso cráter que recién se había formado.

Los hermanos de la Alianza que aun vivían, contemplaban la desolación con temor, albergando la mínima esperanza de que su líder y hermano ganara la batalla, o al menos siguiera con vida.

Pero los vampiros se preocuparon todavía más; sintiendo que su amo corría peligro mortal, abandonaron la batalla y a sus cautivos sin dudar, para ir en el auxilio de su señor; dejando la contienda en garras de los licántropos.

Samael yacía recostado sobre una gran masa compacta de piedra y arena, los despojos de la enorme plataforma sobre la cual habían peleado. Sus ropas estaban hechas jirones e incluso quemadas. La carne chamuscada de su pecho desnudo humeaba con un olor nauseabundo, sus miembros sangraban incontrolablemente y sus piernas no le respondían. El cabello enredado y quemado de las puntas se le agolpaba sobre la cara, y debajo de esta cascada negra y humeante, Samael esbozaba un rictus mortal de estupefacción y temor. Sus brillantes ojos rojos, ahora se encontraban apagados y hundidos, su cara estaba surcada por heridas y manchada por graves quemaduras. Jadeaba forzadamente, y gemía involuntariamente, tratando en vano de curar sus heridas. Su mirada yacía perdida en el asombro extremo, mientras contemplaba sus últimos minutos, peleando fieramente contra la oscura y terrible realidad que jamás pensó enfrentar: estaba a punto de morir.

Un sonido lo sacó de su delirio, el sonido de unos pasos que se acercaban pesadamente sobre la grava y la tierra, aproximándose cada vez más hacía él. Mirando con desprecio a través de su cabello, alzó la mirada justo a tiempo para ver el destello filoso de la navaja de diamante de Nathanael, un instante antes de que la fría hoja le atravesara de lleno el pecho. El vampiro se estremeció de pies a cabeza, emitiendo largos gemidos de dolor, mientras que Nathanael giraba lentamente la espada, hundiéndola más y más en el corazón de su odiado enemigo. Samael terminó por proferir un débil alarido de dolor, llevándose las manos a la herida y a la espada.

— Es todo —sentenció el hechicero, sin retirar la espada—. Ha terminado…

Samael escupió sangre y murmuró:

— Y de que… manera… —muy lentamente sujetó la navaja y con un solo golpe la fragmentó, de modo que solo la punta de esta se quedó dentro de su carne—. Este es el fin… sí… pero no será el mío… Nathanael… —la sangre que escapaba de su pecho inundaba su cuerpo. En vano trató el monarca de detener la hemorragia—. Después de todo… es solo carne… —y hundiendo sus garras en la herida, logró extraer el resto de la espada—. Mi alma podrá permanecer en el nexus, Nathanael… pero como una esencia inmortal… créeme… yo he de volver… no importa cuánto me tome… —hizo una breve pausa para recuperar un poco de aire, aunque sus pulmones se estuvieran llenando de sangre—. Tú… y tu Alianza… han perdido la guerra… —sonrió maliciosamente— ya no te queda ejército, Nathan…el, ¿quién… protegerá a tu… pueblo de la oscuridad?

Nathanael, quien había escuchado en silencio las últimas palabras de su enemigo, se incorporó cuan largo era, alzando la espada rota en señal de amenaza.

— Daré mi vida por defender a mi pueblo.

Samael rió por lo bajo, aunque difícilmente, mientras la sangre ahora brotaba de su boca. Escupió a los pies de Nathanael, y añadió:

— ¡Por favor….! ¿Tú? ¿Realmente crees que después de esto… tu pueblo… volverá a confiar en ti? ¿Crees… que te aceptaran…? ¡Mírate! ¡Mira en lo que te has convertido!— tosió violentamente, carraspeando y escupiendo flemas y sangre. Poco a poco, empezando por las extremidades, su cuerpo comenzó a desintegrarse lentamente en un vapor negro que se disolvía en el viento—. Ya no perteneces a su hermandad, Nathanael… te temerán, te rechazaran, y te darán caza… —sus piernas y brazos casi desaparecían, y ahora era su rostro el que se desintegraba poco a poco—. ¡Recuerda mis palabras, Nathan… esto solo es una victoria amarga! ¡Juro que he de volver!

Y tras proferir una última maldición, todo su cuerpo se desintegró en la nada, mientras que una sustancia viscosa de color negro aparecía en el aire, flotando amenazadoramente. El alma de Samael se elevó más y más en las alturas, antes de arder en llamas y ser enviada directamente al Inframundo.

— ¡¿Qué dia…!? —exclamó una voz ronca e incrédula, a espaldas del bravo hechicero. Todos los vampiros habían llegado al lugar justo en el momento en que Samael dejaba de existir, lo cual era algo sumamente increíble para todos—. ¡¿Qué es lo que has hecho?! —vocifero un fornido y apuesto vampiro, de blanco cabello y músculos marcados—. ¡Tú! ¡Miserable escoria…! ¡Tú…! —las palabras se le agolpaban en la garganta, mientras que el sudor corría por su pálida piel y sus ojos rojos centelleaban inyectados en sangre. — ¡Acaben con él! —fue lo único que logró gritar.

— ¡Pero Joseph! —intervinieron algunos, mirando con asombro y temor a Nathanael—. ¡Ni siquiera el Señor pudo vencerle! ¡Jamás tendríamos…!

— ¡Es una orden, maldita sea! —estalló en cólera, fulminando con la mirada a los suyos. Los vampiros retrocedieron sorprendidos, sin tener más remedio que obedecer.

Nathanael seguía en su oscuro trance, y actuó de manera casi inconsciente, evadiendo numerosos ataques, destazando y apuñalando a sus enemigos con una velocidad y fiereza incontenibles. Tres decenas de vampiros habían sucumbido ante la ira de Nathanael, y el resto habían optado por emprender la huida. Joseph había enviado a los licántropos y a los dragones para que juntos eliminasen al enemigo; más no había fuerza en esta dimensión capaz de frenar el odio y la ira que dominaban enteramente el alma, el corazón y el cuerpo del hechicero. Uno a uno, todos los embistes de los licántropos fueron detenidos a golpe de espada, e innumerables cuerpos caían sin vida a los pies de Nathanael. Los dragones comenzaron a escupir fuego desde las alturas, lejos, muy lejos del alcance del filo de la espada. Nuestro héroe arremetió con todo contra las bestias; evitando la lluvia de fuego y azufre, logró llegar hasta una pronunciada pendiente, lo suficientemente alta. Impulsándose sobre la roca, el hechicero dio tremendo salto, y con un fuerte y certero golpe de navaja, cortó de tajo la cabeza de uno de los dragones.

El gigantesco cuerpo decapitado fue a estrellarse contra un peñasco, destruyéndolo por completo, cimbrando la tierra a causa del impacto. Uno de los dragones optó por retirarse de la batalla, más no así el último. En una feroz maniobra, sobrevoló por encima de Nathanael y comenzó a cercarlo en un mar de fuego, volando cada vez más cerca. Más nada podía amedrentar a quien no tenía emociones en el corazón. Alzó la espada en lo alto, dirigiéndola hacía su atacante, y segundos después un poderosísimo conjuro surcó los cielos, atravesando con fuerza y violencia el escamado y reforzado pecho del dragón.

La desolada y deletérea región enmudeció por completo. La guerra había terminado, y las fuerzas del Caos se habían dispersado de vuelta a su propio mundo. Los hermanos de la Alianza que permanecían con vida, se sobrecogían de profundo temor al ver la destrucción y muerte que se cernía sobre sus cabezas y se extendía bajo sus pies. ¿Quién podía ser el responsable por esta masacre?

Las gruesas nubes se fueron dispersando poco a poco, y la luz del sol volvió a cubrir la tierra. Más no había luz en el alma de Nathanael ahora. Consumido en cuerpo y alma como estaba, permanecía de pie, tan quieto como la roca, mientras su mirada se perdía más y más en una oscuridad insondable. Ni el mismo viento se atrevía a soplar en ese momento, dejando que el silencio acompañara a su letargo. El tiempo se extendió indefinidamente, sin que el hechicero lograra recuperarse, y poco a poco, una pequeña multitud se congregaba a su alrededor.

— ¿Nathanael? ¿Te encuentras bien? —preguntó un individuo muy alto y musculoso. Su nombre era Andrew, un hechicero al igual, y gran amigo de Nathanael. Más no obtuvo respuesta por parte de su colega, quien respiraba agitadamente, mientras sostenía con dificultad su espada. Andrew estaba muy nervioso, al igual que todos, al ver a su líder vistiendo una oscura vestimenta, y muchos comentarios y murmuraciones se propagaron por el lugar. Tratando de tranquilizar a su amigo, Andrew avanzó unos pasos, arriesgándose a lo desconocido.

— Esta bien, ya todo acabo. —murmuraba, avanzando muy lentamente—. La guerra ha terminado, y es todo gracias a ti —un resoplido por parte de Nathanael, hizo que se congelara en el acto; pero armándose de valor, continuó avanzando—. Samael fue derrotado… Nos salvaste a todos… —y con mucho cuidado tomó la empuñadura de la ensangrentada espada, separándola de la mano de Nathanael—. Tú padre debe estar muy orgulloso.

Fue entonces cuando lagrimas corrieron por la cara del hechicero, resbalando por su mentón, para caer después sobre sus vestidos. Todo el odio y rencor que sentía y guardaba, desparecieron en el instante en el que la memoria de su padre se sobrepuso a la oscuridad. Y conforme su alma volvía a limpiarse, sus vestidos fueron recuperando su color normal, gesto que fue de buen augurio entre los suyos. Andrew sonrió lleno de felicidad.

— Todo acabó…

— Todo acabó… —repitió Nathanael, para desplomarse inmediatamente sobre el suelo. Una vez que la energía producida por la oscuridad se había disipado, las heridas y el cansancio molieron su cuerpo en segundos.

— ¡Nathan…! ¡¿Qué te ocurre?! —exclamó Andrew, pálido como un fantasma. Rápidamente los demás se acercaron para brindar ayuda, mientras Andrew lo motivaba a resistir.

— Es el precio que debo pagar —murmuró Nathanael, quizá para sus adentros—, por haber permitido que mi corazón se pervirtiera.

— ¡Estas heridas las hizo Samael! —exclamó uno de los elfos, tras examinar todo su cuerpo—. ¡No hay nada que se pueda hacer!

— ¡Es un milagro que haya resistido tanto!

— ¡Nathanael, no te preocupes! —gimió Andrew, compungido—. ¡Vas a estar bien!

Nathanael le dirigió una despreocupada sonrisa, mientras murmuraba:

— Descuida, mi amigo, sé que estaré bien —inhaló profundamente, haciendo acopio de sus energías—. Pero ustedes tendrán que encargarse del futuro de la Alianza. Y yo me iré más tranquilo sabiendo que no permitirán que Samael triunfe.

— Nunca lo permitiremos —respondió Andrew, preparándose para dejar a su amigo—. Puedes ir en completa confianza y tranquilidad.

Nathanael volvió a sonreír y lanzó un último suspiro, antes de que su cuerpo, su alma y energía fueran transformados en esencia, una esencia luminiscente color plateado, como el mercurio. Y así partió Nathanael, dejando a sus discípulos y amigos, no sin antes haberlos salvado a todos ellos, incluso dando su vida por la humanidad.

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(Primer Capitulo, La Saga De Elder: La Resurreccion del Rey Vampiro, ©2004-2010 Yuki Meira Uesagi Eiri)

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