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CAPITULO 1

FORASTEROS

La noche avanzaba lentamente, tanto que parecía estar estancada en el tiempo infinito. Sin embargo, y para consuelo de los astros nocturnos, avanzaba; y también se hallaba cercana a su cenit, por lo que pronto declinaría gradualmente y daría paso al alba matinal; lo que habría de iluminar el cielo. Mas por ahora, este se mostraba terriblemente oscuro y aciago, cubierto en toda su extensión por una gruesa capa de nubes que ocultaban la pálida y diáfana luz de la luna menguante, sumiendo a la tierra bajo ella en una oscuridad abismal. Las nubes se habían apostado desde temprano, avanzando poco a poco, presagiando una gran e inminente tormenta que habría de cubrir toda la ciudad. De tanto en tanto, un extenso rayo las atravesaba, y su luz iluminaba la negrura, segundos antes de que el trueno hiciera cimbrar el cielo.

En tierra, bajo aquel cielo encolerizado y siniestro, la ciudad de Raven se preparaba para el embiste de las aguas. Con su gran extensión, sus altos edificios y las luces que la cubrían enteramente, destacaba notoriamente en el centro de la gran pradera donde había sido fundada cientos de años atrás. Ahora casi nada quedaba del entorno natural original, y por todos lados se veía el predominio del hombre sobre el ambiente. Un silencio se extendió por aquella llanura, un silencio que auguraba un extraño suceso; un silencio que permaneció expectante. De pronto, un resplandor cruzó la gigantesca estructura intangible de las nubes, y segundos después el estruendo se expandió por donde, hasta ese momento, el silencio había aguardado.

A pesar del intenso resplandor que las luces de la ciudad producían, una inquietante oscuridad persistía; deslizándose imperceptiblemente por las calles, adueñándose lentamente de la ciudad. Esta eran tinieblas que nada tenían que ver con la oscuridad de la noche; sino que provenían del interior del alma y corazón de los humanos, tinieblas creadas por los males de la humanidad. Nacidas eran de la desesperanza, la tristeza, la soledad, el hambre, el abandono y la pobreza; criadas y alimentadas por la avaricia, la envidia, la lujuria, la soberbia, la ira y de otras tantas depravaciones. Una oscuridad que se había apoderado de las calles, de los hogares y de la ciudad; convirtiendo a sus habitantes en criaturas siniestras y peligrosas, carentes de esperanza y despojados a la desesperación.

En una de las partes más antiguas de aquella región, en las afueras del conurbado, el tiempo se mostraba notoriamente cruel; evidenciando el abandono y la pobreza de aquellos lugares. Lo que hacía muchos, muchos años fuese un pequeño pueblo colonial; un lugar donde la civilización de aquella zona recién había comenzado, ahora era un nido de criminalidad, enfermedad, deterioro y olvido. Las viejas casas se amontonaban la una contra la otra, vencidas por la edad, el cansancio y el descuido; lamentándose amargamente por su triste situación. Sus fachadas estaban tan desgastadas, que difícilmente podía saberse donde acababa una y comenzaba la otra. El cornisamento de muchas, algo que en otra época era bello y llamativo, se desmoronaba y caía; consecuencia de la maleza que crecía en las partes altas del techo. Las aceras se abrían en grietas y grandes fisuras, como si la tierra misma estuviera profundamente resentida con el entorno sobre ella. La calle era de terracería, en su mayoría; y el deficiente drenaje llenaba todo el ambiente de un hedor casi insoportable. Incluso los tristes y escasos árboles, se mecían lastimeramente al hiriente viento nocturno. Todo cuanto se viera, reflejaba la terrible realidad del entorno; aquel era un lugar olvidado, condenado a perecer bajo su propio peso.

Una fría y veloz ráfaga comenzó a soplar de pronto entre las calles; recorriendo las vacías banquetas rápidamente, pasando frente a las luces interiores de las casas, alzándose por sobre los techos, y arrebatándole las hojas al suelo. En el extremo de una calle fangosa, en la intersección de dos callejas, se alzaba una gran y ruinosa estructura; que en sus mejores días había sido una rica y elegante casona. La gran fachada se derrumbaba cerca del techo, con sus altos pilares partidos a la mitad. Sus ventanales yacían despedazados, con las ventanas más grandes tapiadas. El techo se abría en huecos, por donde el agua y el sol entraban a raudales, y las inclemencias del tiempo destruían el interior de la casa.

Atravesando la apolillada puerta, se accedía a la sala a través de un largo corredor; donde el enjarre de las paredes se había desprendido del todo. En el interior del lugar, casi nada quedaba de la antigua casona, pues la mayoría de sus habitaciones se habían derrumbado. Únicamente el recibidor conservaba algo de la belleza con la cual había lucido durante tantos años. Una habitación grande, de piso de mosaico, que guiaba al resto de la casa. Los restos de un gran candelabro yacían al pie de una escalera, el cual había caído al ceder el techo; y aun podían encontrarse algunos de los viejos muebles, cuya madera se podría con el tiempo. A pesar de los huecos en el techo, la oscuridad en el interior era muy densa.

Una silueta negra se movía lentamente dentro de la sala, avanzando a través del pasillo. El sonido de sus pasos pesados resonaba en el vacío gutural de la noche, mientras la madera crujía bajo sus pies, hasta detenerse en medio de la sala. El viento hacía ondear una parte de su vestimenta, que quizá fuera una capa o una gabardina; y por el ruido de sus pasos se podía adivinar que usaba calzado pesado.

De pronto se hizo el silencio absoluto, y la quietud del lugar resultó abrumadora. La presencia de aquel extraño individuo resultaba totalmente desconcertante y fuera de lugar: ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía allí? ¿Habría entrado buscando refugio de la tormenta próxima? ¿O sus intenciones serian otras? Nada se sabía de su situación, ni su fisionomía, ni su identidad, ni sus motivos; aquel personaje era un misterio absoluto.

De pronto, un relámpago volvió a surcar el cielo, y su luz entró velozmente a través del techo, iluminando la sala entera. Durante la fracción de segundo que duró el resplandor, la silueta robusta y alta de un hombre surgió de las sombras. Vestía una larga gabardina de color azul oscuro, que ondeaba al viento. Llevaba además un sombrero de ala ancha del mismo color; y debajo de este, el cabello largo y lacio le caía en cortina, ocultándole el rostro. La luz se fue tan pronto como llegó, y las tinieblas volvieron a devorarlo todo.

El hombre misterioso permaneció callado, y muy lentamente dio unos pasos más, adentrándose en la casa. En medio del silencio, una llamarada azul surgió de la nada, y un círculo de fuego envolvió al extraño. Las flamas azules lanzaban su fulgor sobre los muros, y los vidrios rotos del candil la reflejaban en cientos de destellos. A pesar de que el suelo era de madera, el fuego no parecía quemarla, aunque si irradiaba mucho calor. En medio del anillo candente, el individuo se erguía impasible, con la palma derecha hacía arriba, completamente envuelta en llamas, cuya luz permitía apreciar mejor sus rasgos. Era un hombre alto y bastante fornido, piel de color claro y un largo cabello color plateado. Sus facciones eran sumamente severas, como si aquel individuo llevase cargando un gran rencor en su interior, durante mucho tiempo; cuyo furor liberado resultaría en devastación y muerte. Sus ojos auguraban un espíritu sumamente frío y carente de emociones; incluso sus ropas lo dejaban de manifiesto, agregando a su vestimenta unas botas negras de suela gruesa. Aquel siniestro individuo respondía al nombre de Jules Maxim, el mayor de los hermanos D’Loren. Con 27 años, era el más joven en ostentar el título de “Guerrero de la Flama Azul”, una especie única de domadores del fuego que nacían con la habilidad de controlar una llama azul, mucho más poderoso que una normal.

Con total calma sacó un cigarro de su bolsillo y lo encendió con el fuego de su palma; dio una profunda bocanada, exhalando el humo a través de su nariz. Con cierto desdén dio una rápida mirada alrededor, examinando algunas partes de la derruida estructura. Con un movimiento de la muñeca, hizo desaparecer el fuego en su mano; y la guardó en el bolsillo de la gabardina. Sostuvo el cigarrillo entre los dedos de su mano libre, y comenzó a avanzar lentamente hacía el fondo de la casa. A cada paso que daba, el circulo a su alrededor se desplazaba en tono suyo, iluminando el resto del lugar. El largo corredor pasaba de largo las caídas escaleras y se adentraba nuevamente entre dos paredes. El pasillo se prolongaba un par de metros más, y entonces el techo de la casa terminaba abruptamente, y la bóveda celeste se abría entonces en su lugar. Una pared remanente constituía el límite entre la casa y el resto del terreno; y una puerta desvencijada daba el acceso al jardín.

Jules avanzó, incinerando la puerta en el proceso, y entonces llegó al fin a una especie de patio trasero; muy viejo y más desgastado que la casa misma. Era una gran explanada de suelo empedrado con guijarros redondos, tapizado casi enteramente por la raquítica maleza que crecía por doquier. La explanada estaba cercada por altos muros de adobe, que con el paso del tiempo comenzaban a inclinarse ya hacia el interior, ya hacia la calle. Un sendero de piedras más grandes y de forma irregular atravesaba el patio de lado a lado, aunque apenas era visible bajo el manto de hojas secas que llevaban años acumulándose. Había muchos árboles viejos y retorcidos, colocados a manera irregular y abarcando la mayor parte del antiguo jardín. Algunos conservaban parte de su follaje, mismo que se mostraba tan mustio y seco como los troncos y ramas de donde pendían frágilmente. Sobre el piso también se acumulaba mucha basura, dándole un aspecto aún más decadente.

El cielo se había nublado y ennegrecido aún más, los relámpagos aparecían con mayor frecuencia e intensidad; y en medio de aquel ambiente, solo se escuchaba arreciar al gélido viento. La noche parecía quejarse de su dolor, gimiendo y lamentándose, mientras la tormenta se preparaba para caer.

Jules dio una nueva bocanada, dejando flotar libremente al humo exhalado; mismo que ascendió dando vueltas y se perdió en la nada. Poco a poco avanzó sobre el piso de piedra, haciendo desaparecer el anillo de fuego a su alrededor. El sonido de sus pesados pasos sobre las marchitas hojas resonó lúgubremente en un continuo crepitar; hasta que finalmente llegó al centro de la explanada. Una repentina ráfaga se alzó por encima del muro, y se deslizó a través del patio, arrastrando consigo la enorme cantidad de hojas secas. La corriente de hojas se elevó a través de los numerosos árboles, y entonces comenzó a girar en torno a Jules, quien se vio envuelto en un remolino de hojas que se cerraba cada vez más sobre él. Sin inmutarse por el extraño fenómeno, Jules simplemente agachó la cabeza, inhaló con fuerza y sacó la mano que guardaba en la gabardina. Una explosión azul surgió de su cuerpo, lo rodeó completamente, y calcinó todas las hojas a su alrededor. Una fina ceniza comenzó a caer entonces sobre sus ropas, misma que el joven apartó con hosquedad.

— Deja los juegos, Lucius, no estoy de humor —dijo, con voz áspera y molesta.

La corriente que de pronto había aparecido, comenzó a girar frente a él nuevamente, adquiriendo mucha más velocidad y fuerza; formando círculos concéntricos, cada vez más pequeños, mientras una perturbadora risa comenzaba a resonar desde la nada. Finalmente, del interior de las constantes ráfagas, se materializo un individuo de aspecto escalofriante y gélido.

Media casi lo mismo que Jules, solo que no era ni remotamente fornido; sino todo lo contrario. De hecho, su cuerpo delgado y de miembros alargados, recordaban el aspecto de un árbol en invierno. Sus piernas y brazos parecían estar enjutas de carne; las articulaciones de brazos y dedos aparentaban cierta rigidez; su rostro demacrado y hundido, con una nariz casi vertical; unos labios delgados y alargados, y unos ojos amarillos que irradiaban desconcierto y demencia; todo enmarcado en una larga cortina de cabello dorado y aunado a una palidez de piel horrible. Sus ropas tampoco ayudaban a mejorar su imagen, pues estaban hechas a la medida; pantalón y camisa de vestir color amarillo pardo, todo pegado al cuerpo, lo que acrecentaba su delgadez extrema.

— ¡Ah! ¡Aquí estas! —exclamó, con una voz tan silbante, fría y gutural que, en vez de hablar, parecía sisear—. ¡Me preguntaba a donde habrías ido a pasear! —y mientras hablaba, movía lentamente la cabeza, de un lado a otro.

— Te he dicho que no me sigas, Lucius —respondió Jules, indiferente; sosteniendo el cigarro entre los dedos—. ¿Qué rayos haces tú aquí?

— Creo que podría hacerte la misma pregunta, querido hermano —respondió el otro, esbozando una sonrisa que le surcaba el rostro casi de lado a lado—. La tormenta no tardara en caer.

— Eso no es de tu incumbencia —respondió, tras consumir lo último que le quedaba al tabaco—. Además, ¿Quién te dejo salir del manicomio?

— ¡Oh, que cruel eres, Maxim! —dijo, llevándose una mano al rostro en doliente actitud—. ¡Llamar loco a tu propia sangre!

— No tengo tiempo para tus dramatismos, Lucius. ¿Vienes a entregar tu reporte?

— He recorrido toda la ciudad, Maxim. ¿Tienes idea de lo complicado que es eso?

— Al grano, Lucius —repuso, fastidiado. Un rumor intenso resonó sobre lo alto, arreciando el viento con gradual intensidad. Las primeras gotas de lluvia vinieron a caer sobre la ciudad, quien las recibió con docilidad y calma. El jardín pronto se llenó del dulce aroma a tierra húmeda, y los deformes arboles alzaron tímidamente la mirada, agradecidos de recibir un merecido sorbo de agua. Las ropas y cabelleras de los D’Loren se mecían al fuerte ondear del viento; mientras sus ropas comenzaban a mojarse rápidamente.

— ¿Y bien? —gruño Jules, luego de un corto silencio—. ¿Qué tienes que decir?

— Es lo mismo que en todas partes, Jules —contestó, un tanto abstraído en sentir la lluvia sobre su piel—. Todos hablan de los jóvenes hechiceros y guerreros que derrotaron al Rey Samael. Él era uno de ellos, Jules, lo sé. Y creo que finalmente lo encontramos.

— Era de esperarse —respondió complacido, agachando el ala de su sombrero, de modo que la lluvia no le mojase la cara—. Quizá haya podido evadirnos todos estos 8 años, ocultándose del mundo en un lugar como este. Eso terminó ahora, ni siquiera él espera nuestra llegada —un trueno resonó a la distancia, y las aguas comenzaron a descender con mayor rapidez. Pequeños riachuelos se formaban sobre los surcos entre el empedrado del patio, y las ramas de los arboles comenzaron a temblar y rechinar bajo el azote de las ráfagas—. ¿Qué me dices de la ciudad?

— Es vulnerable —respondió Lucius, metiendo sus pálidas manos en los bolsillos húmedos— a pesar de su gran extensión está muy expuesta. Hay varios liceos en toda la ciudad, además de la Academia. No son la gran cosa.

— ¿Y la Sociedad?

— Sigue activa, aunque se halla dispersa. Hay un portal bajo uno de los edificios. Estoy seguro que podremos utilizarla si así lo quieres —bostezó, y su rostro pareció relajarse un poco—. De cualquier manera esta ciudad no es un reto.

— No esperábamos que lo fuera —sentenció Jules, apartando el agua de su rostro—. Pero todo debe estar listo antes de hacer nuestra primera movida —guardó silencio por unos segundos, meditando profundamente—. ¿Dónde están Kyrien y Evan?

— ¿Debería saberlo yo? ¿A dónde los mandaste tú?

— No importa. Su misión es la más importante ahora.

— ¿Qué haremos ahora? —preguntó Lucius. La lluvia los había cubierto por completo, y el cielo rugía con horrísona voz—. Me refiero, ¿seguiremos con el Código…?

— Sí, Lucius, el Código debe llevarse a cabo —intervino Jules, volviendo a sacar la mano que guardaba en la gabardina. Extendió su palma hacia el cielo y, a pesar de estar completamente empapada, una gran llamarada azul la cubrió por completo—. Nuestra estirpe ha esperado más de 300 años para ver llegado este momento. No hay nada que pueda evitarlo ahora —de pronto, el fuego se extendió al resto de su cuerpo, volviéndolo una incandescente hoguera humana que irradiaba gran luz en medio de las tinieblas.

Lucius permaneció en silencio, observando distraídamente a su hermano, con una mueca de aflicción surcando su pálido rostro. La lluvia comenzó a arreciar, y los rayos en el cielo azotaban las nubes con cruel intensidad y furia. Las llamas azules de Jules comenzaron a emanar del interior de la derruida casona, extendiéndose rápidamente sobre las maderas pútridas y las telas roídas; consumiendo incluso el piso de mosaico y las paredes de argamasa.

El cuerpo de Jules regresó a la normalidad, mientras que a sus espaldas el fuego ya se extendía hacia los jardines. El agua parecía ser incapaz de aplacar este sortilegio, y las llamas crecían indiferentes ante la lluvia.

— Asegúrate de que el Concilio esté listo para nuestra llegada —dijo, al cabo de un tiempo—. Busca a la familia Abelotz, diles de nuestras intenciones.

— ¿La familia Abelotz? —repitió Lucius, estirando los largos brazos por encima de su cabeza—. ¿Estás seguro de que podemos confiar en ellos?

— No tendrán más remedio que seguirnos, Lucius. Ya todos deben de saberlo.

— Se los recordaremos, de ser necesario —afirmó Lucius, esbozando una sonrisa más que perturbadora. Alzó la mirada al cielo, y entonces se transformó en una veloz ráfaga que avanzó en lo oscuro de la noche, dejando una estela de granizo tras de sí.

Jules permaneció en silencio bajo el aguacero, con el mientras su mente se perdía rápidamente. Un nuevo relámpago cayó del cielo, azotando con su rugido las calles.

— Descuida, hermano —murmuró, con la mirada escondida en las sombras—. Estamos muy cerca de completar el trabajo. Muy cerca de cobrar venganza. Finalmente el clan Elder llegara a su fin, Duncan Elder y los suyos pagarán por lo que hizo; junto con el resto de la escoria de la humanidad. —una llamarada muy intensa surgió de sus puños crispados, mientras el cielo era rasgado de nuevo por otro rayo—. Esta vez… no fallaremos.

Y antes de que el trueno se pudiera escuchar, una gran explosión se desató de la nada, destruyendo en el acto la vieja casona, y cubriendo las ruinas de un infierno de flamas azules.

Entonces, el joven despertó súbitamente, con el corazón agitado y el cuerpo bañado en un sudor frio. A pesar de hallarse tendido sobre la cómoda cama, podía sentir como su espalda era atormentada por terribles escalofríos; semejantes a cientos de afiladas agujas perforando su piel. Con presteza se incorporó sobre la cama, logrando que el dolor comenzara a disminuir; mientras que, con gran nerviosismo y temor, recorrió con la mirada el entorno a su alrededor. Su respiración alterada y entrecortada era lo único que se podía escuchar en la oscura habitación; mientras que en el interior de su mente persistían vívidamente las imágenes de su sueño; su recurrente pesadilla.

Había vuelto a soñar con ellos, con ese terrible momento años atrás; con algo que creía haber olvidado. Sin embargo, a pesar del paso de los años, era consciente que jamás podría escapar de sus recuerdos, de su pasado; y sus sueños eran la clara prueba de ello. El temor latente de su pesadilla lo obligaba a desconfiar de las sombras, del silencio, e incluso del viento que se colaba por la ventana. De alguna manera, jamás se había sentido enteramente a salvo, y día con día, su desconfianza empezaba a incrementar; llevándolo a un punto semejante al de la paranoia.

Tragó saliva, luchando contra su mente y cuerpo en un intento de lograr la calma. Se llevó una mano a la cara, apartando el largo mechón de cabello que tenía pegado al sudor de su frente. Se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba empapado, y que sobre las sábanas, la húmeda silueta de su espalda podía sentirse.

Finalmente, el joven pudo tomar control de si mismo y calmarse, mientras que su mirada escudriñaba la profusa oscuridad de su cuarto. Aún era muy temprano, y al alba le faltaban muchas horas para despuntar en el horizonte. La luz de la luna entraba recortada por el marco de la ventana abierta; proyectando su resplandor sobre la alfombra. Nuevamente el monótono tictac del reloj en la pared fue creciendo sobre el silencio; marcando el compás de un baile milenario. Con lentitud, Adrián Elder se recostó nuevamente, procurando guardar sus sombríos pensamientos en lo profundo de su mente. El viento hacia ondular las largas cortinas de tela azul celeste, y su sutil rumor pareció brindarle al joven cierta paz. Después de todo, él compartía un vinculo único y especial con tal elemento; y comprendía mejor que nadie los secretos mensajes que se ocultaban en cada brisa, en cada corriente de aire.

Convencido ya de que nada mas habría de pasar esa noche, miró a su lado y sonrió dichosamente. Junto a él, en el más profundo y apacible de los sueños, dormía una mujer de excepcional belleza. El largo cabello negro azabache le caía sobre la espalda desnuda, cubriendo su cuello y hombros. Un mechón dividía en dos un rostro de hermosas y pequeñas facciones, mismo que en ese momento reflejaban una gran serenidad; mientras que sus labios delgados se curvaban ligeramente en una sonrisa. Una mano le cruzaba el pecho, sujetando el cobertor para proteger así su piel morena del inclemente frío, y la otra descansaba recostada sobre el colchón.

Adrián le dirigió una mirada llena de amor, y lentamente se inclinó para besarle la mejilla. Ella solo emitió un largo suspiro, y continuó dormida. Adrián se acomodó de nuevo entre las sábanas, y entrelazó su mano con la de la chica. Los anillos de oro que ambos llevaban en el dedo anular se encontraron de pronto, y juntos pasaron el resto de la noche, sin que nada interrumpiese de nuevo su tranquilo sueño.

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